sábado, 14 de abril de 2012

Zahir imprescindible


Así me hallé, jadeante y abatido, insaciable e inmutado. El frío gélido calaba mis huesos huérfanos que estaban desgastados ya por el cansancio,  descargando sobre mí su sed de compañía. Un silbido de vacío descendía desde las montañas, aclarando que no había más vida que la que exhalaban mis pulmones exhaustos. Los resuellos se mezclaban con la neblina pasajera, para marcharse y luego dar paso a breves ráfagas de sol que iluminaba el insondable ecosistema. Veíamos como nuestros reflejos desfilaban sobre las aguas cálidas, sosegadas por la soledad y la extasía del lugar. Esta, densa y fúnebre, al mismo tiempo parecía limitada e infinita.
Sin embargo, así nos encontrábamos. Vulnerables, a la intemperie en un lugar desolado y clandestino, que solapaba desapercibidamente un recibimiento hostil. Apenas lográbamos resguardarnos del omnipotente frío con las ropas que cargábamos, ya astrosas, y un calor interno como consecuencia de la ardua travesía con la que nos topamos para llegar hasta allí,  pero que a su vez iba mermando sin apuro alguno.
Parecíamos nómadas jóvenes, realizando incursiones espontáneas por acantilados letales, tras la búsqueda de Dios, escrutando por encima de las nubes, creyendo tenerle cerca al quien dicen es todopoderoso. No le necesitábamos, éramos nuestros propios dioses, inmortales y reales, catalépticos y estupefactos a causa de la vista que nos consumía al palpaba con nuestras miradas los alrededores: estábamos en el cenit del mundo, nada podía arrebatarnos el ensimismamiento tras la extasía que nos generaba aquel acto benemérito. El tiempo discurría, pero no importaba: cada segundo se tornaba eterno.
No existía ningún sonido en las proximidades, más que el choque constante y repetido de nuestros dientes. Un efecto tremuloso me consumía a mí, y apenas me defendía con una llama mezquina que sucumbió ante la ansiedad desenfrenada de cuerpos que querían hacerse con ella. Solo hasta entonces tuve tiempo de recordarle, y anhelar con constante deseo la lumbre activa de sus ojos, que en ese momento me proporcionarían más calor que el mismísimo hades, y apaciguaría la necesidad frenética de su compañía que me acababa de generar.
El sol ya se había ocultado despidiéndose en forma crepuscular, me era difícil imaginarle con ojos abiertos venir hacia mí por aquel camino que se dibujaba entre el horizonte, y que era cubierto por las penumbras. Me vi obligado a dejar el asunto a la obscuridad perenne que existe de mis ojos hacia adentro, solo para poder sentirle cerca. Le imaginaba plena, radiante. Habitándome más que nunca el cuerpo, la mente y los sentidos. Con una sonrisa tácita en sus labios que lo decía todo sin pronunciar una sola palabra. Con su cabello despeinado, que envolvía en vergüenza la belleza de aquella naturaleza. Ella, menester que no pasa desapercibido, mi zahir resucitado.
Solo hasta entonces me di cuenta de la necesidad de un dios, y de que ella podría sustentar todas mis penurias con su humanidad terrenal, pero siempre etérea ante el fanatismo de mis ojos por su alma, por su cuerpo.

domingo, 18 de marzo de 2012

Quiero, en particular...


Quiero

Más que querer… anhelo.

Anhelo, ir foráneo nuevamente entre la multitud, divagar en ese movimiento envolvente tan particular de las gentes al caminar. Perderme en la algarabía del tumultuoso espectáculo, y verla allí. 

Allí, como si no le reconociera. Al final de un largo pasillos de cuerpos deambulantes, estupefactos e involuntarios ante el correr del tiempo. Verle de nuevo, ajena, como cuando la conocí: inexorable, inexpugnable, inescrutable, deidad terrenal perdida en el espacio, nómada de si misma. Palpar un nuevo lugar donde nunca estuve. Recorrerla con mi mirada, hasta toparme con la suya y sentir el imprescindible estupor que genera sostenerla. Dramatizar un rose de cuerpos, a pocos metros de distancia. Caber ahí, entre el vacío de la nada que habita entre nosotros: nuestro vacío.

Correr apresuradamente, hacer lo que nunca hice: practicar a primera vista el simulacro de la muerte, ese que con tal genuinidad sabe ella hacer: demoler y reconstruir ciudades, ruinas. Estirar mis brazos entorno a su cuerpo, protegerla mientras busca resguardarse de la hostilidad que le abate, ahí, en una pose improvisada sobre mi pecho, como si fuese encontrado lo que tanto había buscado.

Anhelo, entre aquel acto solemne, mirarla y sin vacilar, decirle lo que no hice algún día, con voz firme y a conciencia de la magnitud que tendrían mis palabras: “La deseo, sin que sea demasiado tarde para haberle encontrado. No quiero más, mientras Usted sea mi sustento. ¿Desearía quedarse? La invito a permanecer solos juntos, hasta donde me quiera acompañar: a la misma senectud, si así Usted lo desea. Quiero tenerla, para darle permiso de marcharse cuando quiera.”

Quiero.
Quiero caminar sosteniendo su mano ajada ya por el tiempo,
mantenerla en la mía, como si en ello pendiera mi vida, o mi muerte.
Quiero recorrer los Alpes, el Himalaya, y que ella esté ahí.
Observar el ocaso mientras morimos en el tiempo.
Besarnos, recorrer con nuestras manos nuestros cuerpos,
en un sutil y vertiginoso baile de brazos y labios por su cadera.
Fundirme en su tez, y hacerle el amor bajo el plenilunio
a orillas de una laguna.
Observar el vaho que genera nuestro jadeo,
mientras nos compenetramos al unísono de emociones: bajo la lujuria.

Quiero atravesar de noche el Golden Gate,
y sea su cuerpo colateralmente al mío.
Andar con mi brazo ceñido en su cintura,
mientras caminamos sin rumbo, desarrollando un presente,
planificando un futuro sin rumbo, sin sentido.
Con sentido o sin él, pero con ella.

Hacer un viaje transoceánico.
Palpar y medir el mar infinito, estar en medio de él
sin sentir temor a la muerte,
rodeado por el insondable horizonte.

Sentirme aplacado por su ineludible mirada,
envuelto en el vicio que genera su sonrisa.

Quiero… quiero que sea mi opio,
beberla en proporciones infinitas
que no merme cuando la consuma.
Saborear la extasía de hacerla mía.

Quisiera odiarla de vez en cuando.
Amarla sería fácil.
¿Cómo no amarla?
Romper la monotonía con gritos,
discusiones, riñas.
Sentir que por lo menos me necesita para algo.
Discurrir en el tiempo juntos, atravesar
las ciénagas que se nos topen,
llegar con ropas astrosas a un final,
donde esbozando una sonrisa, pueda
asegurarse de que nada fue en vano.

Quiero beberme un café en sus labios,
transcurrir y observarme en sus ojos.
Quiero perpetuar el aroma de su cuerpo,
sentirlo en las sábanas, en mi almohada.

Perpetuarla en letras,
en fotografías.
Es lo que le podría ofrecer: perpetuarla.

Repetir el ciclo:
Rito sagrado, de noche y de día.
Quemar el hades con nuestro fuego.
Congelar el frío con nuestro resuello.
Quiero envejecer, quiero una vida.
Pero me conformo con Usted,
eso me bastaría.

Luego, ya veo qué hago con mi vida…

miércoles, 29 de febrero de 2012

Fanatísmo y frenesí.


Ven, te invito a que me invites
A inventarte esta noche.
Habítame la mente como sueles hacerlo,
Participa en mis cronopios
Como deidad o verdugo.

Hoy.
Se solapan entre la obscuridad de mis ojos cerrados,
De mis ojos quebrados:
Las quimeras y fantasías anheladas.
Tu humanidad siempre amenazante,
Tan antagónica a mis utopías y prototipos.
La satisfacción y el morbo,
La extasía de sobrevivir en ti, en tus labios.
Nazco cada vez que me pronuncias,
Sucumbo siempre que te ocultes,
Resucito con el éter de tu sonrisa,
Y muto con el espasmo que genera el roce de tus brazos
Sigilosos y mesiánicos, enroscándose en mi cuerpo.

Quiero mirarte y mostrarme bizarro,
Sostener tu mirada y ser raptado.
Víctima del secuestro y cómplice del mismo.
Síndrome de Estocolmo,
O como quieran llamarlo, tú
Y la maldita ciencia.

No te vayas, que aún no acabo contigo.

Te anhelo, te necesito.
Vicio, droga, capricho,
Masoquismo, seducción,
O simplemente psicopatía
¿Qué importa si eres opio o bálsamo?
El sedante te habita y me invade.
Catalepsia inefable.
Inerte me hallas,
Inerme me hallo.

Ven, invítame una vez más
No quiero separarme.
Arte eres,
Fracción de diosa sibilina.
Quiero hallar el enigma tras tus ojos,
Enfrentarme al vértigo que generan.

No me pidas que te borre.
Catarsis fingida.
Tendrás que darme el revólver,
Y correr con mi vida.

Si te vas al infierno, yo voy contigo.

viernes, 20 de enero de 2012

Carta a nadie, desde la nada                                                                                                        Enero 20, viernes.
2.240 h
[Conciencia...]

     Hoy sería un día de invierno si habitara otro lugar, quizás las condiciones climatológicas para tal tiempo no se dan en mi entorno, pero está haciendo un escalofriante y gélido frío. No solo parece invierno por las aparentes bajas temperaturas que hacen convulsiones turbulentas de mi vulnerable cuerpo, la melancolía ya mermada y aprehendida hace presencia inmaculada en este acto solemne como fiel testigo y predicadora de estos meses tan lúgubres, taciturnos y bochornosos.

     La vehemencia de emociones claras y sensaciones e hipótesis confusas solo han sido parte de lo que será un legado vergonzoso, insulso, basado en un pasado somnoliento. Si de enumerar errores se tratase, la búsqueda e invención del número infinito se alargaría y sería más vana de lo normal.  Sin embargo, secuelas y cenizas de tan patéticas acciones nuevamente son la premisa –o simplemente masoquismo- que servirá de antesala  a actitudes bizarras, carentes de tortuosidad y poco sibilinas.

     Amén de esto, la sideral distancia que aparta la esperanza de la realidad busca consumirse. Las palabras que quedaron escritas tal vez no engranen en perfecta simetría con la voluntad de los hechos. Utopías y distopías, quimeras e ilusiones  resucitan, reaparecen, siempre seductoras y persuasivas solapando discretamente una realidad infernal, pretendiendo desatar la maldad de Pandora.

      El tiempo se desgasta cada vez más, hoy estoy más viejo que ayer y más joven que mañana, pero el Hades y el Olimpo se acercan con violencia, usando sus armas y estratagemas para adjudicarse mi vida, o mejor dicho: mi muerte.
      No hay tiempo para amedrentarse más, para manifestar dolor y culpas, para clasificar culpables e inocentes. No hay atenuante alguno. Solo vida, tiempo y muerte, aunado a lo que el poder de una voluntad pueda hacer con ello.

Sin epílogo ingenioso;
Pues se marchó con mi inspiración.
 
 
 
firma:
Luis Escalante

lunes, 7 de noviembre de 2011

Ten perspicacia.


Lunes 07, Noviembre 2011.                                                    15:06 h

¿Ser perspicaz?

Hoy, como cualquier otro día, el sol aparece y se extiende por cada rincón donde pueda llegar su luz, ilumina cualquier especie de penumbra y me hace entender un poco más el significado físico y teórico que tengo de las cosas que me rodean, de una forma muy superficial claro. Pero, ¿tiene el sol ese don particular de mostrarnos con su luz iridiscente la proyección simbólica de una mirada inmaculada? ¿Viene junto con él y el día, la sincronización de las aves en la ventana, la música que deja pensamientos paradójicos y frustrantes, y la adaptación orquestada por un guión ya aparentemente escrito? 

¿Dónde está el libreto?: A veces me pregunto, quisiera leerlo. ¿Ese por el cuál de seguro se debe estar rigiendo mi vida y cotidianidad, comprando con deseos, trastornos y utopías mi voluntad? ¿Es parte de una mente maestra y clandestina poner desasosiego a mis desenvolvimientos voluntarios e involuntarios con quien todo debería salir perfecto? ¿Acaso existe la perfección en esas líneas que me tutoran?

No sé si ya todo está escrito, y no quiero parecer ingenuo en este contexto, sé que tengo consciencia propia para entender todo aquello que hago y/o dejo de hacer. A veces el sentido común no avizora en mi humanidad, me siento manipulado por algo o alguien inexistente, robotizado tal vez, como si cometer errores absurdos fuese parte del plan. Y no por parecer desconcertado quiero dejar impune el descuido y la apatía de mis actos, es absurdo.

Soy un títere, títere de un deseo que no puedo lograr cumplir. Interpreto cada acción y suceso en mi realidad como una señal para actuar, pero no lo hago. La luz del nuevo día, de este sol eterno, no me enseña la verdad que se esconde tras los ojos y acciones de quienes me rodean, de quienes quisiera saberlo y entenderlo todo, desde lo más banal y sublime, hasta lo más inescrutable y confuso.

Es esta personalidad pálida, pusilánime y misántropa que me abstiene de comprender lo sencillo de la vida, comentarios polifacéticos, multicontextuales. A veces me pregunto si mi álter ego podría hacer más que estas líneas escritas, si tiene el coraje de salir de la convalecencia de esta enfermedad crónica de desánimo mental para enfrentarse al terror que le puedan generar sus deseos y metas, e intentarlo, sentir el placer de ser torturado por sus fobias luchando por lo que quiere y por quien quiere.

Mis anhelos son una forma más explícita de ver; con el transcurrir de los días, la infelicidad perenne a la que al parecer le cojo gusto, no porque sea agradable, o porque sea regida precisamente por un guion, libreto o línea estúpida que marca y encierra mi realidad, sino más bien por el miedo al fracaso de ser quien quiero ser, y por el chantaje del anonimato.

¿Por qué todos aparentan una sonrisa? ¿Por qué no puedo ser como ellos simplemente? Ingenuo, convencional, sin terror, sin meditación… sin algo que me impida vivir realmente.

Sé que todo tiene su propósito,
Ella un día me lo hizo saber.
Luis Escalante

jueves, 3 de noviembre de 2011

Penurias del 2.


Miércoles 02, Noviembre 2011                                                                                 23:02 h
Para Usted, debe ya saberlo.

Está culminando el día y la somnolencia no me domina aun, quizá porque no quiero cerrar los ojos y olvidar mi acercamiento a la muerte con una noche más, o porque hay un silencio inmaculado en mi mente que no sé interpretar. Mi humanidad está siendo manipulada por una fuerza ajena a mi voluntad, no medito palabras, no materializo pensamientos. Algo me impulsó a escribir, pero no tengo siquiera un título, ni ideas concretas en mi mente, tengo una musa, pero no quiero decepcionarle con estas patéticas líneas. 

Deseo hablar, quiero moverme, correr y olvidarme del mundo. Anhelo la lluvia para por lo menos justificar esta melancolía, tal vez que haga calor para por lo menos deleitarme en frustración. Quiero escuchar una canción, compartirla y responder: para defenderme tal vez, o para justificar una respuesta. Pero hoy más que nunca no surge, hoy no soy melómano, mi repertorio se extinguió, antes había música para cada ocasión, para cada pregunta, incógnita o mal entendido. Hoy no hay algo.

            Estoy atónito y no entiendo la causa. Las letras son víctimas de mi imprudencia, aparecen y desaparecen en hojas porque sucumben ante mi impotencia… impotencia de plasmar aquello que me agobia. Quiero estar realmente solo para ensimismarme comprender mi soledad física, para tener más excusas de extrañar Su presencia a pesar de las disyuntivas. Hoy es cuando más necesito de Usted, más quiero sentir Su tacto, oler Su aroma, más quiero pensar en el movimiento inerte de Sus labios improvisando una sonrisa, o simplemente quiero observar Su omnipotente esplendor de ternura. Sepa que es Usted la causante de este estado anímicamente hostil que me envuelve en epítetos inverosímiles y paradójicos. No me reconozco, lo que digo no tiene sentido alguno, no es mi noche: sepa que es la Suya; la Suya en mí sin definición alguna, sin permiso, sin intención, es Usted la soberana de esta nación.

En noches como esta soy adepto a Su imperfecta belleza clandestina, a Sus dedos y manos, a los lunares genuinos en Su piel oscura, a Su cabello fúnebre y despeinado, a esa mirada desafiante e incinerada ya por Su lumbre activa. En noches como esta soy adicto a lo que es Usted, y a lo que no es también. Pero esta no, hoy no. Hoy, Su humanidad está más cerca de lo que habría deseado antes, siento que me mira en algún rincón de mi asolada casa, que aparece y desaparece Su espectro ambulante por las ventanas, que me observa desde el techo guindado, como acechándome para amedrentarme.

No importa; amiga, esta noche también juro lealtad, fidelidad a su recuerdo, a lo que es Usted en mí… a esa definición tan inasible e irreal para los escépticos que poco la conocen. Siga Usted inmersa en mi cerebro por favor, en mis cinco sentidos, que yo no le dejaré escapar. Tal vez esto demore un poco, pero algún día sucederá, eso téngalo Usted por seguro.

Su fiel adepto;
Hasta en la noche más lúgubre:
Luis Escalante

Penurias del 23.


Sábado 23, Octubre 2011.
Querida mujer:

     A las 18 horas, son más los segundos febriles que las horas somnolientas. Permítame Usted, regocijarme de su presencia que vaga inerte por los confines inexistentes de mi memoria, supongo que he de atribuirle la virtud del recuerdo a la soledad perenne que me acompaña. Su merced, que deambula con un alma nómada por los suburbios de una ciudad asolada, triste y llena de perfidia. Tan acostumbrada al disfraz reluciente de su cuerpo etéreo que lleva la más excitante representación de belleza en apogeo, en las mentes fértiles de quienes la comparten.

     Mujer veraz, excelsa de virtudes y temperamental, sepa Usted que el tedio hostil que me asalta aumenta mis necesidades de adjudicar su ser al mío, en cuerpo y alma. Las ansiedades me hacen sentir vivo, bizarro, liberal… pero son solo interpretaciones irracionales de mi humanidad mezquina, pues la negligencia de mis actos deja impune la vanidad de mis palabras. 
  
    Los ocasos y crepúsculos, son solo una despedida gaznápira e irritante del día que sucumbe, y que solo me hacen pensar en los segundos, minutos, horas, días y semanas que el silencio es; una vez más, verdugo fiel de mis deseos y pasiones fervorosas. El anochecer solo me recuerda el sosiego que me invade el imaginar su cuerpo estéril y desnudo (con todo el respeto que Usted se merece), iluminado por una tenue luz diáfana que entre sombras y obscuridad dan sentido a su silueta, su disfraz. 

Recordándole que sigo fiel a su recuerdo,
Su estimado amigo y mártir sin destino:
Luis Escalante