Así me hallé, jadeante y
abatido, insaciable e inmutado. El frío gélido calaba mis huesos huérfanos que estaban
desgastados ya por el cansancio,
descargando sobre mí su sed de compañía. Un silbido de vacío descendía
desde las montañas, aclarando que no había más vida que la que exhalaban mis
pulmones exhaustos. Los resuellos se mezclaban con la neblina pasajera, para
marcharse y luego dar paso a breves ráfagas de sol que iluminaba el insondable
ecosistema. Veíamos como nuestros reflejos desfilaban sobre las aguas cálidas,
sosegadas por la soledad y la extasía del lugar. Esta, densa y fúnebre, al
mismo tiempo parecía limitada e infinita.
Sin embargo, así nos encontrábamos.
Vulnerables, a la intemperie en un lugar desolado y clandestino, que solapaba
desapercibidamente un recibimiento hostil. Apenas lográbamos resguardarnos del omnipotente
frío con las ropas que cargábamos, ya astrosas, y un calor interno como
consecuencia de la ardua travesía con la que nos topamos para llegar hasta
allí, pero que a su vez iba mermando sin
apuro alguno.
Parecíamos nómadas jóvenes,
realizando incursiones espontáneas por acantilados letales, tras la búsqueda de
Dios, escrutando por encima de las nubes, creyendo tenerle cerca al quien dicen
es todopoderoso. No le necesitábamos, éramos nuestros propios dioses, inmortales
y reales, catalépticos y estupefactos a causa de la vista que nos consumía al
palpaba con nuestras miradas los alrededores: estábamos en el cenit del mundo, nada
podía arrebatarnos el ensimismamiento tras la extasía que nos generaba aquel
acto benemérito. El tiempo discurría, pero no importaba: cada segundo se
tornaba eterno.
No existía ningún sonido en las
proximidades, más que el choque constante y repetido de nuestros dientes. Un
efecto tremuloso me consumía a mí, y apenas me defendía con una llama mezquina
que sucumbió ante la ansiedad desenfrenada de cuerpos que querían hacerse con
ella. Solo hasta entonces tuve tiempo de recordarle, y anhelar con constante
deseo la lumbre activa de sus ojos, que en ese momento me proporcionarían más
calor que el mismísimo hades, y apaciguaría la necesidad frenética de su
compañía que me acababa de generar.
El sol ya se había ocultado
despidiéndose en forma crepuscular, me era difícil imaginarle con ojos abiertos
venir hacia mí por aquel camino que se dibujaba entre el horizonte, y que era
cubierto por las penumbras. Me vi obligado a dejar el asunto a la obscuridad
perenne que existe de mis ojos hacia adentro, solo para poder sentirle cerca. Le
imaginaba plena, radiante. Habitándome más que nunca el cuerpo, la mente y los
sentidos. Con una sonrisa tácita en sus labios que lo decía todo sin pronunciar
una sola palabra. Con su cabello despeinado, que envolvía en vergüenza la
belleza de aquella naturaleza. Ella, menester que no pasa desapercibido, mi
zahir resucitado.
Solo hasta entonces me di cuenta
de la necesidad de un dios, y de que ella podría sustentar todas mis penurias
con su humanidad terrenal, pero siempre etérea ante el fanatismo de mis ojos
por su alma, por su cuerpo.