Apenas
podía atisbar con timidez sobre su rostro al volver un poco mi cabeza.
Yacía ahí,
como si no existiera lugar más cómodo que ese.
Sus ojos
entrecerrados, tapados por sus cabellos, y su semblante lucían ligeros.
Mi brazo
apenas le servía de almohada, y el suyo lograba asirse sobre mi pecho
con irreductible
voluntad.
Su tenue
respiración alcanzaba a humectarme la tez,
y mi mente,
ofuscada, no concebía lugar más cálido entre tan gélido clima,
que el
espacio que ocupaba mi cuerpo adyacente al suyo.
La obscuridad
parecía haber llegado para no irse jamás,
y entre
duermevelas miraba el techo de aquel refugio improvisado,
cavilando
entre lo que ocurría, y la extasía que ello me generaba.
Cortantes
ráfagas de viento pasaban inadvertidas entre tanto sosiego,
nuestro campamento
parecía que en cualquier momento se levantaría.
No
importaba.
Deseaba hacer
un pacto con la noche y fraguar un motín contra el sol,
con el ambicioso
fin de perpetuar ese momento,
en que
ella,
fingía
dormir tranquila entre mis brazos,
aseverando
que no había más resguardo que el que ellos ofrecían.
Parecía
segura,tranquila,
tanto como
yo junto a ella.
Pensando —tal
vez, y con sus manos entre mis dedos —
en que aquello era lo correcto.
O así lo
deseaba yo...