Quiero
Más que querer… anhelo.
Anhelo,
ir foráneo nuevamente entre la multitud, divagar en ese movimiento envolvente
tan particular de las gentes al caminar. Perderme en la algarabía del
tumultuoso espectáculo, y verla allí.
Allí,
como si no le reconociera. Al final de un largo pasillos de cuerpos
deambulantes, estupefactos e involuntarios ante el correr del tiempo. Verle de
nuevo, ajena, como cuando la conocí: inexorable, inexpugnable, inescrutable,
deidad terrenal perdida en el espacio, nómada de si misma. Palpar un nuevo
lugar donde nunca estuve. Recorrerla con mi mirada, hasta toparme con la suya y
sentir el imprescindible estupor que genera sostenerla. Dramatizar un rose de
cuerpos, a pocos metros de distancia. Caber ahí, entre el vacío de la nada que
habita entre nosotros: nuestro vacío.
Correr
apresuradamente, hacer lo que nunca hice: practicar a primera vista el
simulacro de la muerte, ese que con tal genuinidad sabe ella hacer: demoler y
reconstruir ciudades, ruinas. Estirar mis brazos entorno a su cuerpo,
protegerla mientras busca resguardarse de la hostilidad que le abate, ahí, en
una pose improvisada sobre mi pecho, como si fuese encontrado lo que tanto
había buscado.
Anhelo,
entre aquel acto solemne, mirarla y sin vacilar, decirle lo que no hice algún
día, con voz firme y a conciencia de la magnitud que tendrían mis palabras: “La
deseo, sin que sea demasiado tarde para haberle encontrado. No quiero más,
mientras Usted sea mi sustento. ¿Desearía quedarse? La invito a permanecer
solos juntos, hasta donde me quiera acompañar: a la misma senectud, si así
Usted lo desea. Quiero tenerla, para darle permiso de marcharse cuando quiera.”
Quiero.
Quiero caminar sosteniendo
su mano ajada ya por el tiempo,
mantenerla en la mía, como
si en ello pendiera mi vida, o mi muerte.
Quiero recorrer los Alpes,
el Himalaya, y que ella esté ahí.
Observar el ocaso mientras
morimos en el tiempo.
Besarnos, recorrer con
nuestras manos nuestros cuerpos,
en un sutil y vertiginoso
baile de brazos y labios por su cadera.
Fundirme en su tez, y
hacerle el amor bajo el plenilunio
a orillas de una laguna.
Observar el vaho que
genera nuestro jadeo,
mientras nos compenetramos
al unísono de emociones: bajo la lujuria.
Quiero atravesar de noche
el Golden Gate,
y sea su cuerpo
colateralmente al mío.
Andar con mi brazo ceñido
en su cintura,
mientras caminamos sin
rumbo, desarrollando un presente,
planificando un futuro sin
rumbo, sin sentido.
Con sentido o sin él, pero
con ella.
Hacer un viaje
transoceánico.
Palpar y medir el mar
infinito, estar en medio de él
sin sentir temor a la
muerte,
rodeado por el insondable
horizonte.
Sentirme aplacado por su
ineludible mirada,
envuelto en el vicio que
genera su sonrisa.
Quiero… quiero que sea mi
opio,
beberla en proporciones
infinitas
que no merme cuando la
consuma.
Saborear la extasía de
hacerla mía.
Quisiera odiarla de vez en
cuando.
Amarla sería fácil.
¿Cómo no amarla?
Romper la monotonía con
gritos,
discusiones, riñas.
Sentir que por lo menos me
necesita para algo.
Discurrir en el tiempo
juntos, atravesar
las ciénagas que se nos
topen,
llegar con ropas astrosas a
un final,
donde esbozando una
sonrisa, pueda
asegurarse de que nada fue
en vano.
Quiero beberme un café en
sus labios,
transcurrir y observarme
en sus ojos.
Quiero perpetuar el aroma
de su cuerpo,
sentirlo en las sábanas,
en mi almohada.
Perpetuarla en letras,
en fotografías.
Es lo que le podría
ofrecer: perpetuarla.
Repetir el ciclo:
Rito sagrado, de noche y
de día.
Quemar el hades con
nuestro fuego.
Congelar el frío con
nuestro resuello.
Quiero envejecer, quiero
una vida.
Pero me conformo con
Usted,
eso me bastaría.
Luego, ya veo qué hago con
mi vida…