domingo, 18 de marzo de 2012

Quiero, en particular...


Quiero

Más que querer… anhelo.

Anhelo, ir foráneo nuevamente entre la multitud, divagar en ese movimiento envolvente tan particular de las gentes al caminar. Perderme en la algarabía del tumultuoso espectáculo, y verla allí. 

Allí, como si no le reconociera. Al final de un largo pasillos de cuerpos deambulantes, estupefactos e involuntarios ante el correr del tiempo. Verle de nuevo, ajena, como cuando la conocí: inexorable, inexpugnable, inescrutable, deidad terrenal perdida en el espacio, nómada de si misma. Palpar un nuevo lugar donde nunca estuve. Recorrerla con mi mirada, hasta toparme con la suya y sentir el imprescindible estupor que genera sostenerla. Dramatizar un rose de cuerpos, a pocos metros de distancia. Caber ahí, entre el vacío de la nada que habita entre nosotros: nuestro vacío.

Correr apresuradamente, hacer lo que nunca hice: practicar a primera vista el simulacro de la muerte, ese que con tal genuinidad sabe ella hacer: demoler y reconstruir ciudades, ruinas. Estirar mis brazos entorno a su cuerpo, protegerla mientras busca resguardarse de la hostilidad que le abate, ahí, en una pose improvisada sobre mi pecho, como si fuese encontrado lo que tanto había buscado.

Anhelo, entre aquel acto solemne, mirarla y sin vacilar, decirle lo que no hice algún día, con voz firme y a conciencia de la magnitud que tendrían mis palabras: “La deseo, sin que sea demasiado tarde para haberle encontrado. No quiero más, mientras Usted sea mi sustento. ¿Desearía quedarse? La invito a permanecer solos juntos, hasta donde me quiera acompañar: a la misma senectud, si así Usted lo desea. Quiero tenerla, para darle permiso de marcharse cuando quiera.”

Quiero.
Quiero caminar sosteniendo su mano ajada ya por el tiempo,
mantenerla en la mía, como si en ello pendiera mi vida, o mi muerte.
Quiero recorrer los Alpes, el Himalaya, y que ella esté ahí.
Observar el ocaso mientras morimos en el tiempo.
Besarnos, recorrer con nuestras manos nuestros cuerpos,
en un sutil y vertiginoso baile de brazos y labios por su cadera.
Fundirme en su tez, y hacerle el amor bajo el plenilunio
a orillas de una laguna.
Observar el vaho que genera nuestro jadeo,
mientras nos compenetramos al unísono de emociones: bajo la lujuria.

Quiero atravesar de noche el Golden Gate,
y sea su cuerpo colateralmente al mío.
Andar con mi brazo ceñido en su cintura,
mientras caminamos sin rumbo, desarrollando un presente,
planificando un futuro sin rumbo, sin sentido.
Con sentido o sin él, pero con ella.

Hacer un viaje transoceánico.
Palpar y medir el mar infinito, estar en medio de él
sin sentir temor a la muerte,
rodeado por el insondable horizonte.

Sentirme aplacado por su ineludible mirada,
envuelto en el vicio que genera su sonrisa.

Quiero… quiero que sea mi opio,
beberla en proporciones infinitas
que no merme cuando la consuma.
Saborear la extasía de hacerla mía.

Quisiera odiarla de vez en cuando.
Amarla sería fácil.
¿Cómo no amarla?
Romper la monotonía con gritos,
discusiones, riñas.
Sentir que por lo menos me necesita para algo.
Discurrir en el tiempo juntos, atravesar
las ciénagas que se nos topen,
llegar con ropas astrosas a un final,
donde esbozando una sonrisa, pueda
asegurarse de que nada fue en vano.

Quiero beberme un café en sus labios,
transcurrir y observarme en sus ojos.
Quiero perpetuar el aroma de su cuerpo,
sentirlo en las sábanas, en mi almohada.

Perpetuarla en letras,
en fotografías.
Es lo que le podría ofrecer: perpetuarla.

Repetir el ciclo:
Rito sagrado, de noche y de día.
Quemar el hades con nuestro fuego.
Congelar el frío con nuestro resuello.
Quiero envejecer, quiero una vida.
Pero me conformo con Usted,
eso me bastaría.

Luego, ya veo qué hago con mi vida…

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