domingo, 1 de diciembre de 2013

Día 23.



Soy una masa de reproches.
Un conglomerado de incertidumbres.
Soy ese costado del dado que quedó boca abajo.
Una brújula imantada.
El farol intermitente que medita bajo la lluvia.

Soy el fantasma de todos mis errores,
Mis pasos decadentes, tremulantes.
He lidiado con el peso de mis mentiras,
Con la diafanidad de mis verdades.

He librado una guerra con mis sentimientos,
Una sin condolencias, ni méritos.
La valentía y mi voluntad las dejé en la trinchera de una quimera.
Me he quedado estupefacto en el fuego cruzado
De dudas,
De arrepentimientos.
Esa sensación que enajena mi cuerpo,
Que aliena mi mente.

Soy un puente que no haya destino,
Que sigue buscándole en el horizonte.
Una ola sin oleaje,
Unas botas bajo la cama
O un libro abandonado. Da igual.
Todo concuerda el ineludible manto
De la soledad.

Ya son 911 días.

La aritmética nunca antes fue
Tanta causa de hilaridad,
O una inopinada coincidencia.

Los números confabulan.
El tiempo,
El barro,
La arena,
 Y esta incapacidad que parece tan difícil de doblegar.

Soy.

Lo banal se haya en el pronombre.
Un intento fallido por describir mi vanidad,
Por ser condescendiente a mis fallas.
Por escribir líneas en vez
De terminar el libro.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Día 1



10:30 h.

            Hacía un frío gélido, y un cielo gris matutino era la coartada. Mis ojos no podían mirarla, era el llanto pueril de un niño lo que me dominaba, lo que me perturbaba la libertad, el sosiego. Tenía el corazón agitado, la mente ofuscada. Mi boca se esforzaba tremulosamente en pronunciar algunas palabras. Ella se encontraba allí, indiferente, contemplando el paisaje, haciendo alarde de indiferencia ante mis sollozos.

            Tras largos intervalos de frenesí ininteligible manifestados por mis emociones, un silencio pétreo se sumía a nuestro alrededor. Ella seguía sin ganas siquiera de pronunciar palabra alguna, se limitaba a escuchar mis balbuceos con negligencia o a dirigirme esporádicamente una mirada despectiva, de esas penetrantes, que van más allá de los lugares recónditos del alma y la dejan gélida. Nunca antes me había sentido tan hundido en la saudade, sumido en el asco y la vergüenza. Nunca había provocado tantas acciones que me dejaran el alma vacía, en vilo, llena de oquedades.

            Pero tenerle ahí y sentirle tan ajena, como una total y completa extraña, era el dolor silente que me carcomía sin piedad. Le conocía desde hace mucho. Tres años, un mes y trece días para ser precisos. Pero fue hasta entonces la primera vez que su voluntad manifestó intransigencia e irrelevancia hacia la mía. Como quien mira de soslayo al mendigo tirado en la acera, o al astroso que aparece pidiendo un vaso con agua. Era uno más entre cientos, alguien escogido de entre la masa para postrarse humillado frente a su inmaculada arrogancia.

            No pasó mucho tiempo para que su cuerpo se revelara ante el letargo tedioso que le generaba mi presencia, hizo un gesto de tristeza y emprendió su marcha. Yo le seguía al mismo tiempo que sentía que algo se desprendía de mí. Quería abrazarle, tomarle de la mano, asirme a eso que se escapaba, que parecía que no volvería más. Ese menester para mi felicidad, para mi sosiego. Caminé tan rápido como pude y puse mis brazos alrededor de su cuerpo, me aferré a él con mis últimas esperanzas, empapándole con mi llano, tratando de retener los fragmentos que me quedaban junto a ella. Sin embargo, ella; con irreductible voluntad, me apartó de su lado y siguió su camino.

            Cuarenta pasos más adelante le intercepté, no quería dejarle, deseaba decirle algo más. Lo intenté con la misma negligencia que al principio, fueron diez minutos de balbuceos sollozantes, un sincretismo de impotencia y un amor visceral el que daba éxodo de mi boca mientras le miraba su cabello, pues nunca me dirigió la mirada mientras le hablaba.

            “Empiece por no mentirme.”, dijo, con cierto recoveco. En aquella bifurcación de aquel camino de tierra escuché sus últimas palabras. Ella siguió su camino, decidió irse por la izquierda, sin intención alguna de retractarse, de voltearse y abrazarme, o tan siquiera de mirarme por última vez.

            Inmediatamente una rara sensación me dominó. Era como un vacío que se generaba desde la planta de mis pies, y subía estrepitosamente hasta mi cabeza. Era un silencio ensordecedor, como un color blanco o gris que se proyectaba de forma endógena hacia mí alrededor. Quedé aturdido con la incertidumbre de sus palabras. No sabía si era una petición, u otra oportunidad. A dos pasos de mí había un banco, acudí a él y me senté para organizar mis ideas. Intenté cavilar infructuosamente. No era más que un desorden mental lo que se desarrollaba en mi cabeza. Algo frustrante.

            Inopinadamente un fulgor surgía de entre los árboles, e iluminaba el lugar de mi aposento. Era quimérico, era como si la vida se burlara de mí y mi agonía. ¿Acaso ‘Dios’ me estaba perdonando? ¿Qué es el perdón de ‘Dios’ cuando el único que me importa es el de ella? Estaba más confuso de lo normal. Ya harto por tanta mofa del destino puse marcha por el otro camino.

Todo parecía calmado, las hojas de los árboles caían frente a mí moviéndose al compás del viento. Una brisa alentadora refrescaba mi rostro, y aquel mismo fulgor se proyectaba al final de aquel camino rodeado de árboles. No supe cómo interpretar aquel contexto, casi utópico. Desde entonces tengo un poco de alivio. Un alivio que perduró hasta que el recuerdo de su figura marchante regresó nuevamente a mi cabeza. Con algo de suerte, aquel recuerdo pueda traerle de vuelta alguna vez.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Logré lo imposible.



Me queda una lista de fallas interminables.
Algunos errores que fueron enmendados
y otros que simplemente no hallaron perdón. 
Indemnizar las culpas es tan difícil como exorcizarlas.

 Me queda el recuerdo de tanta tinta derramada,
que bailaba en el papel, que sucumbía ante mi agonía 
o mi sosiego, 
bajo el desenfreno de una sola pasión. 
Cartas que fueron leídas,
 que fueron comprendidas.

Me queda el recuerdo inmune de una mujer
que está calada en mi cuerpo.
El tiempo invertido que nunca regresará.
Las proezas ahora sólo son sales de orilla. 
Una flor que padeció el olvido. 
Una letra más que fue borrada.

No sé si tengo, no sé si me queda: 
una mujer que escogí entre cientos, 
una mirada que titubeaba, 
una leve sonrisa que se asomaba al verme. 
Unas manos 
que no dudaban
en aferrarse a mí. 
Una mujer que no quiero que se transforme 
en recuerdo, 
en una brisa matutina, 
en la lluvia que se derrumba en mi mansarda. 
No quiero que sea un reflejo difuso 
en un charco de agua.

Hay una mujer que amo,
porque me enseñó a odiarla. 
Ella, quien me enseñó con reciprocidad
lo que se siente
ser amado,
correspondido.

Alguien
que me defendía,
que me veía
siempre con buenos ojos.

Y no creo que se equivocara.

Es una mujer irrepetible,
 es mi amiga
y mi amante.
Un vino añejo,
el reflejo que se proyecta en mi espejo.

 Es la mujer que me quebranta el alma,
y no hay atenuantes,
yo también lo hice 
cuando la histeria me abordaba.

 Ella curó mi cobardía,
me mostró lo que se siente ser
perdonado.

No escatimó
con lo mesiánico de su sonrisa,
o los espasmos de su cuerpo sudado.

Tuve la fortuna
de toparme con una mujer que lo entrega todo,
que no es egoísta como creía.

Yo le entregué mi vida,
mi sentimiento más añejo
forjado en la espera.

Ella me entregó su confianza,
sus miedos.
Me dio su mano
y aceptó mi compañía.


            Ella un día se fue, pero quiso regresar.

La amo, 
porque logré lo imposible.
Doblegué su orgullo
con mi ingenuidad,
le ofrecí seguridad
con mi vulnerabilidad.

Le arropé con la mirada,
esa que tanto le gusta.

Le fundí entre mis brazos,
donde creó su refugio. 

Por momentos la amo,
otros ratos le odio.

Soy un faquir afortunado,
uno quien desbordó amor
de sentimientos pétreos.
Una marabunta de emociones
que abundan hasta el ahogo.
 
Pero todo fue en vano...

Ahora sólo queda 
ruinas, 
miseria, 
vergüenza,
arrepentimiento. 

Mis méritos mutaron a fracasos. 
Sustenté amor para el presente. 
¿Y el futuro? 
¿Dónde queda todo lo que se forjó? 

Soy una serpiente sin cabeza,
un cuerpo sumido en el vacío.
Inoculé dudas en su memoria
mientras todo desfila
hacia la nada…
hacia la mierda.


            Ahora ella es una brújula imantada. 


No le olvidaré,
mi amor no sucumbirá.
Le quiero junto a mí,
siempre.
En mi futuro.
Pero eso no es suficiente.

Quiero empezar de nuevo,
asumir mis errores,
hacerle sentir
segura,
volver a
enajenar
su sonrisa.
Retener sus trozos entre mis brazos.

Le quiero,
porque le he permitido tantas cosas,
porque ella es lo que creo que es: Gisself, quien enajenó mi alma.