10:30
h.
Hacía un frío gélido, y un cielo
gris matutino era la coartada. Mis ojos no podían mirarla, era el llanto pueril
de un niño lo que me dominaba, lo que me perturbaba la libertad, el sosiego. Tenía
el corazón agitado, la mente ofuscada. Mi boca se esforzaba tremulosamente en
pronunciar algunas palabras. Ella se encontraba allí, indiferente, contemplando
el paisaje, haciendo alarde de indiferencia ante mis sollozos.
Tras largos intervalos de frenesí
ininteligible manifestados por mis emociones, un silencio pétreo se sumía a
nuestro alrededor. Ella seguía sin ganas siquiera de pronunciar palabra alguna,
se limitaba a escuchar mis balbuceos con negligencia o a dirigirme
esporádicamente una mirada despectiva, de esas penetrantes, que van más allá de
los lugares recónditos del alma y la dejan gélida. Nunca antes me había sentido
tan hundido en la saudade, sumido en el asco y la vergüenza. Nunca había
provocado tantas acciones que me dejaran el alma vacía, en vilo, llena de
oquedades.
Pero tenerle ahí y sentirle tan
ajena, como una total y completa extraña, era el dolor silente que me carcomía
sin piedad. Le conocía desde hace mucho. Tres años, un mes y trece días para
ser precisos. Pero fue hasta entonces la primera vez que su voluntad manifestó
intransigencia e irrelevancia hacia la mía. Como quien mira de soslayo al
mendigo tirado en la acera, o al astroso que aparece pidiendo un vaso con agua.
Era uno más entre cientos, alguien escogido de entre la masa para postrarse
humillado frente a su inmaculada arrogancia.
No pasó mucho tiempo para que su
cuerpo se revelara ante el letargo tedioso que le generaba mi presencia, hizo
un gesto de tristeza y emprendió su marcha. Yo le seguía al mismo tiempo que
sentía que algo se desprendía de mí. Quería abrazarle, tomarle de la mano,
asirme a eso que se escapaba, que parecía que no volvería más. Ese menester
para mi felicidad, para mi sosiego. Caminé tan rápido como pude y puse mis brazos
alrededor de su cuerpo, me aferré a él con mis últimas esperanzas, empapándole con
mi llano, tratando de retener los fragmentos que me quedaban junto a ella. Sin
embargo, ella; con irreductible voluntad, me apartó de su lado y siguió su
camino.
Cuarenta pasos más adelante le intercepté,
no quería dejarle, deseaba decirle algo más. Lo intenté con la misma negligencia
que al principio, fueron diez minutos de balbuceos sollozantes, un sincretismo
de impotencia y un amor visceral el que daba éxodo de mi boca mientras le
miraba su cabello, pues nunca me dirigió la mirada mientras le hablaba.
“Empiece por no mentirme.”, dijo,
con cierto recoveco. En aquella bifurcación de aquel camino de tierra escuché
sus últimas palabras. Ella siguió su camino, decidió irse por la izquierda, sin
intención alguna de retractarse, de voltearse y abrazarme, o tan siquiera de
mirarme por última vez.
Inmediatamente una rara sensación me
dominó. Era como un vacío que se generaba desde la planta de mis pies, y subía
estrepitosamente hasta mi cabeza. Era un silencio ensordecedor, como un color
blanco o gris que se proyectaba de forma endógena hacia mí alrededor. Quedé
aturdido con la incertidumbre de sus palabras. No sabía si era una petición, u
otra oportunidad. A dos pasos de mí había un banco, acudí a él y me senté para
organizar mis ideas. Intenté cavilar infructuosamente. No era más que un
desorden mental lo que se desarrollaba en mi cabeza. Algo frustrante.
Inopinadamente un fulgor surgía de
entre los árboles, e iluminaba el lugar de mi aposento. Era quimérico, era como
si la vida se burlara de mí y mi agonía. ¿Acaso ‘Dios’ me estaba perdonando?
¿Qué es el perdón de ‘Dios’ cuando el único que me importa es el de ella?
Estaba más confuso de lo normal. Ya harto por tanta mofa del destino puse
marcha por el otro camino.
Todo parecía calmado, las hojas de los árboles caían
frente a mí moviéndose al compás del viento. Una brisa alentadora refrescaba mi
rostro, y aquel mismo fulgor se proyectaba al final de aquel camino rodeado de
árboles. No supe cómo interpretar aquel contexto, casi utópico. Desde entonces
tengo un poco de alivio. Un alivio que perduró hasta que el recuerdo de su
figura marchante regresó nuevamente a mi cabeza. Con algo de suerte, aquel recuerdo pueda traerle de vuelta alguna vez.
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