lunes, 11 de noviembre de 2013

Día 1



10:30 h.

            Hacía un frío gélido, y un cielo gris matutino era la coartada. Mis ojos no podían mirarla, era el llanto pueril de un niño lo que me dominaba, lo que me perturbaba la libertad, el sosiego. Tenía el corazón agitado, la mente ofuscada. Mi boca se esforzaba tremulosamente en pronunciar algunas palabras. Ella se encontraba allí, indiferente, contemplando el paisaje, haciendo alarde de indiferencia ante mis sollozos.

            Tras largos intervalos de frenesí ininteligible manifestados por mis emociones, un silencio pétreo se sumía a nuestro alrededor. Ella seguía sin ganas siquiera de pronunciar palabra alguna, se limitaba a escuchar mis balbuceos con negligencia o a dirigirme esporádicamente una mirada despectiva, de esas penetrantes, que van más allá de los lugares recónditos del alma y la dejan gélida. Nunca antes me había sentido tan hundido en la saudade, sumido en el asco y la vergüenza. Nunca había provocado tantas acciones que me dejaran el alma vacía, en vilo, llena de oquedades.

            Pero tenerle ahí y sentirle tan ajena, como una total y completa extraña, era el dolor silente que me carcomía sin piedad. Le conocía desde hace mucho. Tres años, un mes y trece días para ser precisos. Pero fue hasta entonces la primera vez que su voluntad manifestó intransigencia e irrelevancia hacia la mía. Como quien mira de soslayo al mendigo tirado en la acera, o al astroso que aparece pidiendo un vaso con agua. Era uno más entre cientos, alguien escogido de entre la masa para postrarse humillado frente a su inmaculada arrogancia.

            No pasó mucho tiempo para que su cuerpo se revelara ante el letargo tedioso que le generaba mi presencia, hizo un gesto de tristeza y emprendió su marcha. Yo le seguía al mismo tiempo que sentía que algo se desprendía de mí. Quería abrazarle, tomarle de la mano, asirme a eso que se escapaba, que parecía que no volvería más. Ese menester para mi felicidad, para mi sosiego. Caminé tan rápido como pude y puse mis brazos alrededor de su cuerpo, me aferré a él con mis últimas esperanzas, empapándole con mi llano, tratando de retener los fragmentos que me quedaban junto a ella. Sin embargo, ella; con irreductible voluntad, me apartó de su lado y siguió su camino.

            Cuarenta pasos más adelante le intercepté, no quería dejarle, deseaba decirle algo más. Lo intenté con la misma negligencia que al principio, fueron diez minutos de balbuceos sollozantes, un sincretismo de impotencia y un amor visceral el que daba éxodo de mi boca mientras le miraba su cabello, pues nunca me dirigió la mirada mientras le hablaba.

            “Empiece por no mentirme.”, dijo, con cierto recoveco. En aquella bifurcación de aquel camino de tierra escuché sus últimas palabras. Ella siguió su camino, decidió irse por la izquierda, sin intención alguna de retractarse, de voltearse y abrazarme, o tan siquiera de mirarme por última vez.

            Inmediatamente una rara sensación me dominó. Era como un vacío que se generaba desde la planta de mis pies, y subía estrepitosamente hasta mi cabeza. Era un silencio ensordecedor, como un color blanco o gris que se proyectaba de forma endógena hacia mí alrededor. Quedé aturdido con la incertidumbre de sus palabras. No sabía si era una petición, u otra oportunidad. A dos pasos de mí había un banco, acudí a él y me senté para organizar mis ideas. Intenté cavilar infructuosamente. No era más que un desorden mental lo que se desarrollaba en mi cabeza. Algo frustrante.

            Inopinadamente un fulgor surgía de entre los árboles, e iluminaba el lugar de mi aposento. Era quimérico, era como si la vida se burlara de mí y mi agonía. ¿Acaso ‘Dios’ me estaba perdonando? ¿Qué es el perdón de ‘Dios’ cuando el único que me importa es el de ella? Estaba más confuso de lo normal. Ya harto por tanta mofa del destino puse marcha por el otro camino.

Todo parecía calmado, las hojas de los árboles caían frente a mí moviéndose al compás del viento. Una brisa alentadora refrescaba mi rostro, y aquel mismo fulgor se proyectaba al final de aquel camino rodeado de árboles. No supe cómo interpretar aquel contexto, casi utópico. Desde entonces tengo un poco de alivio. Un alivio que perduró hasta que el recuerdo de su figura marchante regresó nuevamente a mi cabeza. Con algo de suerte, aquel recuerdo pueda traerle de vuelta alguna vez.

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