Sábado 23, Octubre
2011.
Querida mujer:
A las 18 horas, son más los segundos febriles
que las horas somnolientas. Permítame Usted, regocijarme de su presencia que
vaga inerte por los confines inexistentes de mi memoria, supongo que he de
atribuirle la virtud del recuerdo a la soledad perenne que me acompaña. Su
merced, que deambula con un alma nómada por los suburbios de una ciudad
asolada, triste y llena de perfidia. Tan acostumbrada al disfraz reluciente de
su cuerpo etéreo que lleva la más excitante representación de belleza en
apogeo, en las mentes fértiles de quienes la comparten.
Mujer veraz, excelsa de virtudes y
temperamental, sepa Usted que el tedio hostil que me asalta aumenta mis
necesidades de adjudicar su ser al mío, en cuerpo y alma. Las ansiedades me
hacen sentir vivo, bizarro, liberal… pero son solo interpretaciones
irracionales de mi humanidad mezquina, pues la negligencia de mis actos deja
impune la vanidad de mis palabras.
Los ocasos y crepúsculos, son solo una
despedida gaznápira e irritante del día que sucumbe, y que solo me hacen pensar
en los segundos, minutos, horas, días y semanas que el silencio es; una vez
más, verdugo fiel de mis deseos y pasiones fervorosas. El anochecer solo me
recuerda el sosiego que me invade el imaginar su cuerpo estéril y desnudo (con
todo el respeto que Usted se merece), iluminado por una tenue luz diáfana que
entre sombras y obscuridad dan sentido a su silueta, su disfraz.
Recordándole que sigo fiel a su recuerdo,
Su estimado amigo y mártir sin destino:
Luis Escalante
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